Lucio Rivero, el sindicalista que rompe todos los esquemas en la Seguridad Privada. Trabaja a la par de los vigiladores, recorre fábricas y countries en bicicleta. Desafía al poder político y al sindicalismo tradicional. Se convirtió en una figura incómoda para un sistema acostumbrado a dirigentes alejados de la realidad laboral.
En un universo sindical marcado históricamente por privilegios, distancias y estructuras rígidas, Lucio Rivero aparece como una figura absolutamente disruptiva dentro de la Seguridad Privada. Secretario General del sector, no sólo se diferencia por su discurso, sino fundamentalmente por su práctica cotidiana: es el único Secretario General de la actividad que trabaja a la par de sus representados.
Mientras gran parte de la dirigencia gremial se mantiene encerrada en oficinas o despachos, Rivero recorre fábricas, countries, barrios cerrados y distintos objetivos de seguridad, muchas veces en bicicleta. No es una postal armada ni un gesto simbólico: es una forma de conducción. Está donde están los vigiladores, comparte horarios, escucha en primera persona y controla el funcionamiento real de los servicios.
Su figura incomoda. Cruza sin miramientos a todo el arco político y también apunta contra lo que define como el “sindicalismo rancio, viejo y poco representativo”. Al que acusa de haberse alejado de los trabajadores. En ese camino, expone miserias, responsabilidades y silencios que durante años permanecieron naturalizados dentro del sector.
Rivero no posee autos de lujo, no vive en countries ni exhibe obscenidades frente a quienes representa. Por el contrario, construyó una imagen opuesta a la del sindicalista tradicional: austero, presente y sin intermediarios. Para muchos vigiladores, esa diferencia no es menor. Es, de hecho, lo que lo legitima.
“Se puede hacer un nuevo sindicalismo en la Argentina”, sostiene cada vez que pisa el territorio. Y lo hace desde el ejemplo: trabajando, recorriendo y poniendo el cuerpo. Su conducción se apoya más en la presencia que en los discursos grandilocuentes.
Además, Rivero se define abiertamente como un dirigente cristiano. No como una etiqueta, sino como una convicción que guía su accionar gremial. Austeridad, cercanía y compromiso con el otro son valores que, asegura, intenta llevar a la práctica todos los días.
En tiempos de fuerte descreímiento hacia las estructuras sindicales, Lucio Rivero se convirtió en una anomalía dentro de la seguridad privada. El único Secretario General que trabaja junto a sus representados. Un dirigente que eligió el territorio antes que el privilegio y que, con su estilo inusual, pone en discusión una pregunta incómoda para muchos: ¿y si otra forma de sindicalismo fuera posible?



